Nací en Curicó, Chile, y crecí en la Villa Apumanque, un lugar lleno de recuerdos, cariño y esfuerzo. Crecí en una época en la que los niños pasábamos el día entero jugando en la calle, respirando libertad. Jugábamos en la tierra, hacíamos hoyos para las canicas, corríamos descalzos, jugábamos al fútbol y al bate —que consistía en pegarle a una pelota de tenis con una botella cerrada—. Pasaba las tardes subido a los árboles, buscando siempre llegar al más alto, esa sensación de aventura que solo se vive cuando uno es niño.
Durante mi etapa escolar, además de esa vida llena de juego y movimiento, participé activamente en atletismo, natación (entre los 5 y 6 años), fútbol, baloncesto y vóley. Siempre fui un niño curioso y competitivo, y eso me llevó a desarrollar una gran disciplina y espíritu de superación.
También tuve una faceta más inesperada: en mi adolescencia, tuve una pasión transitoria por la ordenadores. Esa experiencia, me permitió desarrollar una gran habilidad con la mecanografía y la tecnología, destrezas que más tarde serían fundamentales en mi práctica profesional y en la creación de mi proyecto de teledermatología.
Gracias al apoyo incondicional de mis padres y de mi hermano Ángel, pude cumplir el sueño de estudiar Medicina en la Pontificia Universidad Católica de Chile, una de las instituciones más prestigiosas del país. Tras siete años de estudio —con un año de pausa que me sirvió para reafirmar mi vocación— me gradué como médico con excelencia académica y humana.
Durante mis primeros años de ejercicio trabajé en atención primaria, y tuve la fortuna de hacerlo en el consultorio Sol de Septiembre en mi ciudad natal, el lugar más especial en el que he trabajado. Allí conocí a personas fenomenales y leales, profesionales con un enorme sentido humano. Aún recuerdo los sectores verde, rojo y azul, cada uno con su gente, sus desafíos y su espíritu de equipo. A todos les tengo un profundo cariño y gratitud, porque más allá de los títulos o los cargos, lo que realmente me llevo de cada sitio donde he trabajado es el afecto de las personas.
Puede que algunos piensen que me he olvidado de ellos por estar lejos, pero no es así: siempre los llevo presentes, porque han sido parte de cada proceso de mi crecimiento, y gracias a ellos también estoy donde estoy.
Dentro de mi etapa en atención primaria, el lugar de urgencias más maravilloso en el que trabajé fue el Servicio de Urgencias Rural de Sarmiento. Allí conocí a gente muy, muy valiosa, personas con las que aún hoy mantengo el contacto, converso, comparto y a quienes tengo un cariño enorme. Vivimos momentos intensos, jornadas exigentes, pero también llenas de confianza, compañerismo y sentido de equipo. Era un grupo pequeño, pero potente: un médico y dos enfermeros (que en realidad eran técnicos en enfermería, pero con una capacidad extraordinaria), sin olvidar a Pilar (administrativa) tenía una energía y una habilidad que sorprendía a todos, al auxiliar de aseo Manuel y al resto de equipo médico. En ese equipo todo fluía: lo que se podía solucionar, se solucionaba entre nosotros, con compromiso, ingenio y amor por lo que hacíamos. Por eso llevo ese lugar en el corazón, porque sé que si algún día los necesito, ellos estarán ahí, como lo estuvieron siempre.
Fue en esos años donde confirmé que la medicina no se trata solo de curar, sino de conectar con las personas, de acompañar, escuchar y compartir la vida cotidiana desde el respeto y la humanidad.
Fue también en ese periodo cuando conocí a Camila, la mujer más maravillosa de mi vida, con quien formé una familia. Tuvimos a Agustina, nuestra primera hija, y juntos comenzamos un camino lleno de amor, desafíos y sueños compartidos.
Más tarde, un gran amigo y colega, Pedro Pablo, me propuso migrar a España para especializarnos. A él se unió Cristóbal, otro compañero de carrera y amigo cercano. Decidimos dar ese gran paso, impulsados por la convicción de que la medicina no tiene fronteras cuando hay vocación.
Nos vinimos a España con nuestra segunda hija, Jacinta. En ese momento, Agustina tenía siete años y Jacinta solo siete meses. Fueron tiempos de sacrificio, estudio y mucha entrega. Dediqué el 100% de mis esfuerzos a prepararme para el examen MIR, mientras Camila sostenía el hogar con amor, fortaleza y una paciencia infinita. Le estaré siempre agradecido por su apoyo incondicional durante ese proceso tan exigente.
El esfuerzo dio frutos: obtuve una de las mejores posiciones, lo que me permitió ingresar a la especialidad de Dermatología Médico-Quirúrgica y Venereología, en el Hospital General Universitario de Valencia, la ciudad y el hospital que soñaba. Fue, sin duda, una de las mejores decisiones de mi vida —junto a la de haber elegido a Camila—.
Durante mi residencia, nacieron nuestras dos hijas menores, gemelas y prematuras, que estuvieron ingresadas en la UCI y posteriormente en la UTI del Hospital La Fe, Valencia. Fue un periodo difícil y de profunda vulnerabilidad, pero también de gratitud inmensa hacia la sanidad pública española, que nos sostuvo en los momentos más duros. No pagué nada más que mis cotizaciones, y aun así, la sanidad me regaló la vida de mis hijas.
Hoy, ejerzo como dermatólogo en Valencia, donde combino mi labor en el sector público y el privado. En el ámbito público, trabajo en el Hospital Francesc de Borja de Gandía, donde dedico parte de mi tiempo a devolver lo que este país me ha dado. En el ámbito privado, soy director de la Unidad de Dermatología y Láser en la Clínica ALOVA, liderando un equipo comprometido con la excelencia y la innovación tecnológica.
Además, a través de LorcaDerm, mi proyecto digital, realizo teledermatología para pacientes de toda España, acercando una dermatología moderna, accesible y humana.
Soy casado y padre de cuatro hijas maravillosas, dos de ellas gemelas nacidas en España. Ellas y mi esposa son mi motor, mi equilibrio y mi mayor fuente de inspiración. Soy profundamente feliz en esta tierra que me acogió, aunque nunca dejo de añorar mi querido Chile, que vive en mí cada día.
LorcaDerm representa mi visión de la dermatología: una medicina humana, accesible, moderna y con propósito, que une ciencia, tecnología y empatía para transformar vidas.